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“Yo soy freudiano”

Autores

 

«Sean ustedes lacanianos, si quieren. Yo soy freudiano. Por eso creo adecuado decirles algunas palabras del debate que mantengo con Freud, y que no es de ayer. Aquí está: mis tres no son los suyos. Mis tres son lo simbólico, lo real y lo imaginario. Me vi llevado a situarlos con una topología, la del nudo, llamado Borromeo».
Lacan en Caracas 1980

 

Por María Cristina Oleaga
mcoleaga@elpsicoanalitico.com.ar

 

Mi interés por Lacan partió de obstáculos clínicos. Por un lado, la repetición, incoercible a pesar de las intervenciones que ponen al descubierto un derrotero hasta entonces desconocido por el sujeto. ¿Qué instrumentos podrían introducir una cuña válida? Por otro lado, la dificultad en relación con la posición a la que el analista es convocado, y con la que -salvo excepciones puntuales- tiene que evitar identificarse, que es la de consejero idealizado, la del que sabe qué hay que hacer.

 

Lacan escribe e imparte su Seminario mientras avanza en separar al Psicoanálisis de las simplificaciones a las que lo sometió el post freudismo, de ahí que su enseñanza pueda ser calificada de retorno a Freud. Veremos luego que no se detuvo allí sino que se enfrentó a los cul de sac freudianos para apostar a un más allá de los límites de Freud mismo. Me interesa resaltar su lectura rigurosa de Freud y de los post freudianos. Realizó ese trabajo aplicando a esas obras, en un primer momento de su enseñanza, recursos del estructuralismo y la lingüística. Subrayó en Freud una línea de pensamiento y de acción clínica, la que se refleja tanto en los famosos historiales como en las viñetas que encontramos en toda su obra Lacan buscó y encontró una lógica interna en la conceptualización freudiana.

 

En ese recorrido, hubo obra que no fue considerada freudiana por Lacan –sobre todo en una etapa en la que privilegiaba lo simbólico- como la teorización de la segunda tópica, y hubo otras obras a las que hizo brillar como paradigmáticas de esa producción, Malestar en la Cultura y Más allá del principio del placer entre tantas y tantas más. En estas obras, Lacan redescubre el Freud de los obstáculos clínicos, el que lo lleva a su conceptualización del goce y de su centralidad en la experiencia analítica. Sin embargo, más allá de la drasticidad de esa separación, que se lee entrelíneas en la obra de Lacan, hay siempre una relectura cuidadosa que ha puesto en valor y ha renovado el descubrimiento freudiano.

 

Los tres registros -Simbólico, Imaginario y Real-, con distinto peso relativo en su obra, fueron considerados por Lacan sus “tres”. Arrojados como instrumentos esclarecedores sobre el descubrimiento freudiano, le dan a esa obra un relieve y una consistencia tal que la vuelve aún más operativa. A lo largo de la enseñanza de Lacan, estos registros adquieren distinto prestigio y preeminencia unos sobre otros. Así, el comienzo de su enseñanza, signado por el énfasis en lo simbólico, derivó en una clínica centrada en el lenguaje, a la pesca reencuentro del analizante con los significantes que lo representan, una clínica del deseo y, particularmente, del deseo de reconocimiento. Mucho quedaba fuera de ese escenario, por ejemplo el cuerpo, considerado como una imagen que obstaculizaba el verdadero eje subjetivo. La embestida lacaniana sobre la tergiversación de la obra freudiana, dibujó desafortunadamente -en esa época- un analista callado que nada tenía que ver con el tipo de silencio que promovió Freud y retomó Lacan: el silencio sobre los ideales del analista en función, el borramiento de su persona como tal.

 

Hacia el final, con la teoría de los nudos, los tres registros se equiparan para subvertir gran parte de su propia obra, de la conceptualización de la psicopatología e, incluso, de la sexualidad humana. Jacques Alain Miller ha hecho un trabajo de orfebre sobre la obra lacaniana; es quien ha marcado sus consecuencias esenciales en la clínica y bisagras radicales en la enseñanza de Lacan, la que, de otro modo, se desliza sin especificar las rupturas que animan sus cambios teóricos. Sin embargo, la riqueza de su obra hace que sigamos aprovechando su enseñanza inicial iluminada por la tardía. ¿Es una cuestión de prescindencia respecto de sus seguidores lo que lleva a Lacan a no señalar las rupturas? Quizás en parte sea así, pero me parece que también es un desafío lanzado a sus enseñantes. Logrado o no, ese estilo promueve la lectura a la letra, la búsqueda de las fuentes que menciona, la verificación de su interpretación en el texto freudiano.

 

En este sentido, vale la pena seguir su lectura a la letra de la obra de Freud y no se trata de una metáfora. Al comienzo del Seminario VII, La ética del Psicoanálisis, por ejemplo, Lacan recorre prolijamente el Proyecto de una psicología para neurólogos y realza el gran descubrimiento freudiano de Das Ding, antecedente de lo que él considera su invento, el objeto (a), y clave para entender su desarrollo acerca de la sublimación, de la creación ex nihilo. Supo echar luz en rincones del texto de Freud y, a partir de ellos, volver sobre la clínica, sobre la concepción del final de análisis y de la posición del analista. Es destacable su trabajo sobre las tres identificaciones freudianas en el Seminario IX, La identificación; ese desarrollo va hacia una investigación sobre la escritura, el nombre propio y la definición del S1, otro pilar, junto con el objeto (a) de su construcción del fin del análisis. Asimismo, para tomar otros ejemplos, vale seguir la lectura puntillosa que hace Lacan de los textos freudianos sobre el Inconsciente, la transferencia, el narcisismo, la angustia, la pulsión y el más allá del principio del placer para volcar sus resultados, siempre, en lo que esos conceptos aportan a la dirección de la cura. En todo momento, lo hace sobre el fondo de su edificio conceptual de la constitución subjetiva. El sujeto no está ya allí de entrada. Esta construcción tiene distintas etapas en su enseñanza. Para ello, utiliza diferentes instrumentos, desde los de la óptica a los que le aporta la teoría de los conjuntos, y se acerca cada vez más precisamente a lo que el lenguaje y el goce le hacen al sujeto a venir, así como a la dialéctica entre ellos para que surja ese sujeto que puede acceder a tener un cuerpo. El Gran Otro lacaniano, el Otro inolvidable freudiano revisitado, es el operador. Es el que Lacan toma para volver con él sobre la clínica, su meta de siempre, y sobre el operador que debe ser el analista.

 

Otro rasgo de Lacan que merece destacarse, entre tantos que no voy a poder tocar, es el modo -muy freudiano- en que aprovecha las producciones de la cultura para acercarse al sujeto, su patología, su productividad y, por lo tanto, a los caminos del análisis: Antígona, Hamlet, y tantos héroes y personajes de la literatura, de las artes plásticas, de los mitos, de la historia y de la religión; las producciones de la filosofía; Joyce y lo que Lacan puede iluminar sobre el campo de las psicosis no desencadenadas. Es inabarcable la lista de sus intereses y el modo en que los ha volcado a la investigación que más le preocupaba, el Psicoanálisis, del que temió incluso por su futuro. No olvidemos, en esta brevísima reseña, que Lacan se ocupó del lazo social, creó sus cuatro discursos y vislumbró, en el capitalista y sus efectos, un destino de catástrofe para la humanidad.

 

La relectura lacaniana de Freud apunta siempre a delimitar el campo de acción del Psicoanálisis y la peculiaridad del lugar del analista. En toda la obra de Lacan se puede seguir esta preocupación, en el modo en que aborda los Escritos y en el tono de su Seminario. Su estilo ha sido caracterizado como barroco, criticado por críptico e impenetrable. Creo que su aspiración fue que contenido y forma tuvieran la misma dirección y escapar, así, a la vulgarización, a la banalización a la que se había sometido la obra de Freud. En ese mismo intento, él mismo, con su escritura o su decir, se propuso al trabajo de lectura e interpretación por parte de lectores y estudiantes, él mismo en posición de analizante. Su desafío fue promover el no comprender, el seguir un texto a la letra, tarea imprescindible en nuestra clínica, si queremos escapar a la pedagogía o a la dirección de conciencias. También es cierto que, así, muchos huyeron sin lograr avanzar con esa lectura. Por otro lado, también es cierto que Lacan hizo un esfuerzo de transmisión de conceptos fundamentales con sus esquemas, fórmulas, matemas, etc. Apuntó a una transmisión que se mantuviera en la pureza conceptual más precisa, alejada de imaginarizaciones, de profusión de relatos que se prestaran a interpretaciones subjetivas. Así, por ejemplo, redujo los personajes del Edipo a funciones, en un intento por llevar el mito a su expresión más operativa y sencilla.

 

Lacan, como lo dice en el Acápite, mantiene un debate con Freud. Los tres de Freud, el Edipo, ha sido puesto en cuestión. El padre freudiano, como tercero, ha cedido, en Lacan, su lugar al lenguaje, verdadero vehículo de la humanización, de la operación sobre el goce del viviente. Esta función, lo que para Lacan es el Nombre del Padre, termina -luego de varios virajes en su enseñanza- en ser ese operador, uno posible entre otros, que hace anudamiento -en este caso borromeo- entre los tres registros que estructuran al sujeto. Sin embargo, no es el único. Otras subjetividades se establecen a partir de otros anudamientos no borromeos.

 

Lacan revisita el fin de análisis con su tope freudiano, la “roca dura” de la castración para ambos sexos. Ambos rechazan la feminidad, el hombre con su negativa a la pasividad, la mujer con su esperanza de recibir el hijo/falo que esperó del padre. El falo, en ambos casos, está en juego. El deseo que circula bajo el reinado fálico en una metonimia -amparada en el fantasma- aspira a encontrarlo pero termina en insatisfacción y renovación de la búsqueda. La introducción del objeto (a) permite situar otra consistencia en la posición deseante, la del deseo decidido, causado por el objeto. Diferentes construcciones jalonan ese camino en el que señalaremos algunas: el lugar de la letra en su diferencia con el significante, el giro desde la concepción del sujeto a la del parlêtre y desde el fin de análisis como atravesamiento del fantasma a su culminación en la identificación con lo que llamó sinthome. En este recorrido, que tan sucintamente trazamos, el goce y su tratamiento pasan a primer plano, tanto en la teoría como en el modo de pensar la clínica.

 

Lacan dice, en Televisión, que no alienta a nadie en el camino de un análisis, salvo a aquel cuyo deseo se ha decidido. O sea, el sujeto sufriente, que demanda a un analista, podría muy bien marcar el fin de su trayecto en relación, por ejemplo, a un grado aceptable para él de satisfacción obtenida respecto de su demanda de inicio. Es para el analista que Lacan alienta la prosecución, hasta el fin, de un análisis. La definición teórica del fin de análisis se fue desplazando, como vimos en su teorización, de acuerdo a cómo progresó su enseñanza. De este modo, más allá de la afirmación acerca de que “el analista se autoriza de sí mismo, y con algunos otros”, Lacan precisó ese punto que lo preocupaba especialmente. No se puede autorizar en relación con la Universidad, no es una carrera, es el propio análisis, conducido hasta un punto determinado y determinante de una posición subjetiva lo que le permitirá al analista el ejercicio de una práctica imposible, como la calificó Freud. El trípode del análisis, el control y la formación serán permanentes. Nada garantiza, sin embargo, que el analista no vuelva a dirigirse al otro/Otro, en algún momento, con una demanda. La preocupación de Lacan por la fatuidad y las imposturas hizo de esta construcción del lugar del analista una búsqueda ética.

 

Localizar un punto válido de detención en un análisis, encontrar sus coordenadas teóricas, apostar a la creación de instrumentos que lo validaran fue una empresa muy ligada a los avatares de Lacan en relación con la construcción de una Institución suficientemente buena para los psicoanalistas, su formación y su aporte para el sostén del Psicoanálisis mismo. En este camino, transitó los conflictos con la Institución creada por Freud, la IPA que lo expulsó, que no aceptó su cuestionamiento de los standards. Lacan se plantó ahí y en 1964 declaró: “Fundo, tan solo como siempre lo estuve en mi relación con la causa psicoanalítica, la Escuela francesa de Psicoanálisis”. Los avatares por los que transcurrió esa Escuela lo llevaron a disolverla en el año 1980, sin que se hubiera cumplido su idea de construir una institución que se aviniera lo más posible a los principios del Psicoanálisis y se apartara, lo más posible, de la dinámica de la masa, o sea de la estructura jerárquica -en el sentido de la prestancia, del prestigio-, de los fenómenos grupales de rivalidad y competencia, de todo aquello que fuera contra lo que se supone es el affectio societatis como modo de aglutinar a los miembros. La Escuela de la Causa Freudiana, que habían fundado sus discípulos, fue la última experiencia institucional de Lacan, quien, en su Carta de Disolución, escribió:

“Esta enseñanza es preciosa para mí.

La aprovecho.

Dicho de otra manera, persevero.” O sea, aprendía con la disolución e invitaba, así, a incluirse a los que quisieran continuar con él.

 

No intentó, desde luego, lograr la institución a la que aspiraba por confiar en la buena disposición de los sujetos con la que, como conocedor de la estructura, no contaba. Lo que hizo fue diseñar complejos instrumentos de evaluación -los del pase- de los finales de análisis de los analistas y organismos que fueran ocupados en forma rotativa por los miembros de la institución. Hubo distintos modelos en los que no puedo detenerme aquí, hubo disidencias, separaciones, incluso después de la muerte de Lacan. Las instituciones psicoanalíticas son hoy múltiples. De hecho, nos es imposible saber qué destino pensaría él hoy para las Instituciones que se reclaman herederas auténticas de su construcción. ¿Creería que alguna representa más fielmente su herencia? ¿Apreciaría la democracia interna en algunas de ellas más que en otras? ¿Revisaría la conformación de los dispositivos destinados a dar garantía temporal por la posición de los Analistas de la Escuela y al modo de nombramiento de los Analistas Miembros? ¿Volvería a implementar la disolución al encontrar que los fenómenos de grupo vuelven a entronizarse irremediablemente? Quizás, es una audacia decirlo, reconocería a alguna como suficientemente buena, la que permitiera la circulación libre de la palabra, el crecimiento de debates y, de ese modo, el sostén y el avance del Psicoanálisis y de los psicoanalistas. No lo sabremos nunca. Sí sabemos de nuestra deuda, como analistas, con su legado, hoy imposible de desconocer más allá de la inserción en la que cada cual se sostenga.

 

 

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