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   PUBLICACIÓN DE PSICOANÁLISIS, SOCIEDAD, SUBJETIVIDAD Y ARTE

   Laberintos, entrecruzamientos y magmas

PUBLICACIÓN DE PSICOANÁLISIS, SUBJETIVIDAD Y ARTE

Laberintos, entrecruzamientos y magmas

¿Hombre? ¿Mujer? ¿LGTBQIA +…?

Clinica

Por María Cristina Oleaga

mcoleaga@elpsicoanalitico.com.ar

“La noción de par coloreado” -se refiere al Nudo Borromeo- “sugiere que en el sexo no hay nada más, diría yo, que el ser del color, lo que sugiere en sí que puede haber mujer color de hombre u hombre color de mujer”

                                                                                                                                                               Jacques Lacan, Seminario XXIII: El Sinthome

Hombres y mujeres

Lacan escribió su “No hay relación sexual” para señalar, si dejamos de lado la muerte, el desarreglo fundamental de los humanos. Hay dos sexos, si consideramos la anatomía, pero no hay una relación establecida que determine el modo en que se unen, tampoco una correlación necesaria entra la biología y el modo de goce de cada quien. Este  desconcierto comienza antes pues tampoco hay aún un sujeto en el ser que nace ni algo inscripto que diga qué es un hombre o qué es una mujer. Sin embargo, las diferencias sexuales anatómicas sí son, de entrada, un dato inapelable (1), así como lo son las marcas que recibimos de los Otros significativos desde antes de nacer y en el camino de la sexuación. Sin embargo, nada hay en el Inconsciente, que diga qué hace falta para ser hombre o mujer.

Algunas afirmaciones escuchadas en nuestra clínica hacen evidente la falla:

“Poco hombre, así me siento, ni bola me da, me avergüenzo de mí mismo” (Pedro, 40 años)

“¿Una mina? ¿Con este pelo? ¿Este sobrepeso? Nada que ver” (Juana, 38 años)

La conquista, para uno; detalles del cuerpo, para una; ¿pero quién puede decir cuál es EL rasgo que funciona para poder identificarse como hombre o como mujer?

Hombre, mujer, son significantes especialmente enigmáticos respecto de su significado. No hay, en el Inconsciente, indicación alguna, inscripción, que nos oriente. El Inconsciente “estructurado como un lenguaje” significa precisamente que sólo se trata del binarismo de la presencia/ausencia, que es el sostén del lenguaje. Así, en la clínica, escuchamos quejas en relación con la coincidencia o no de los significados supuestos al ser hombre o mujer con los rendimientos, las apariencias, las fantasías con que se sutura fantasmáticamente -para cada quien-  ese salto entre significante y significado.

Podemos evaluar los cambios en la dimensión de ese salto en distintas momentos socio culturales. Alguna seguridad, relativa, llegaba a través de ciertos mandatos de un simbólico contundente con anterioridad a las postrimerías del siglo XIX y los comienzos del XX. Asimismo, los imaginarios muy fijos, estables, permitían que el sujeto se aferrara a tal o cual vestidura para cubrir el salto. Después de todo, son identificaciones simbólicas e imaginarias las que permiten al sujeto situarse frente a este tembladeral. Hoy, la decadencia del simbólico -sus cambios, la fragilidad del significante Nombre del Padre- ha desnudado la verdadera cualidad de este salto que no puede suturarse. Para cada quien pueden regir algunos rasgos -como se registra en las frases antedichas- para calificar como hombre o como mujer, pero -sobre todo- hoy prima una mayor incertidumbre al tiempo que una supuesta mayor libertad para portar y reivindicar los emblemas que se privilegian para ostentar pertenencia. Eso no revela, sin embargo, la posición prevalente.

Recibimos marcas simbólicas que abarcan desde el nombre hasta signos sutiles pero contundentes de los Ideales del Otro. Éstos se acompañan de los ropajes imaginarios correspondientes. No menos centrales son las marcas de goce. Se tramitan entre el infans y el Otro, afectan el cuerpo, lo crean, organizan el mundo pulsional y dibujan los aspectos reales del fantasma. Así constituido, el sujeto -quien juega su lugar en las elecciones de goce- se ubica como hombre o como mujer, generalmente en correspondencia con lo que dice la anatomía, aunque -como vemos- no determinado solamente por ella y -en ocasiones- con una articulación variada entre la posición sexuada y la elección de objeto. Destacamos como definitorio en este paso la respuesta que con su ser el sujeto ofrece al deseo enigmático del Otro primordial.

Los humanos, mal que nos pese, estamos firmemente determinados desde el origen por el modo en que nos marca el lenguaje que nos desnaturaliza, su vehiculización por el Otro primordial, el lugar que ocupamos en su deseo, el modo sublimado, en el mejor de los casos, en que nos afecta su libido. Así, el sujeto es una respuesta de lo real y a su surgimiento como producto tenemos que vincularlo, entonces, con tempranas elecciones que marcan su posición ante el lenguaje y el goce. He desarrollado estos puntos en otros artículos, en base a las formulaciones freudianas y a las conceptualizaciones de Lacan. Asimismo, me ha resultado muy esclarecedora, en la misma línea de los autores citados, la teorización de Ulloa acerca de la  “ternura” y el “miramiento”. (2)

Hombre o mujer son aspectos significantes en la asunción del sexo. Son construcciones del lenguaje, no bastan para la asunción de una posición sexuada.   Hombre, mujer, no es tan clara esta clasificación cuando Freud se refiere a los aspectos del goce que encuentra en lo incoercible del síntoma, en el ombligo del sueño, en la RTN (Reacción Terapéutica Negativa), en el Superyó, aspectos que no se dejan atrapar por el significante, que escapan al sentido. No podemos, sin embargo, ubicar estos modos bizarros de la satisfacción en el humano al intentar ceñir la elección de goce que se juega en la elección de género.

Los goces

La pluralidad de los goces ya fue advertida por Freud, quien calificó al niño de “perverso polimorfo”, es decir, señaló su disposición para los goces. Que éstos caigan bajo la ola represiva de la latencia no significa que dicha disposición desaparezca. Podríamos estudiar por separado los goces que Freud vinculó a las pulsiones parciales y que supuso se ordenaban bajo la primacía genital y las elecciones de goce referidas a la ubicación  como  hombre o mujer y a la elección –hétero, bi u homosexual- de objeto. La elección que refiere a lo que conocemos como género, en la que un sujeto define su ser y el de los objetos que lo atraen, más allá del cuerpo que tenga, es la que nos abre al tema -tan acorde a la época-  de la pluralidad de géneros, tema que va más allá de los sexos. Éstos, en relación con la diferencia sexual anatómica, como dijimos, son dos.

La variedad de géneros que se despliegan hoy, gracias a la caída de ordenadores que dejaban muchos de esos goces del lado de lo prohibido/reprimido, deja ver que hombre y mujer son dos posibilidades entre muchas otras. Las disforias de género crecen, la llamada autopercepción de género se difunde;  desembocamos en la cuestión LGTB Q y … , a la que se van sumando más y más categorías. La amplitud de este abanico nos remite al peso que tiene la estructura del discurso social. Lo antes impensable entra ahora en legalidades –logradas y avaladas por las luchas sociales de esos sectores siempre marginados- que surgen al compás de la caída del ordenador que conocemos como  Nombre del Padre. Las supuestas posibles elecciones, sin límite en cuanto a las variedades, ya que se siguen inventando opciones, no son, sin embargo, tales. Lo dicho respecto de la constitución del sujeto, sus goces y su mapa  pulsional, señalan marcas inconscientes que escapan a las determinaciones del Yo y de la Conciencia. El margen de elección ha tenido ya lugar en ese vínculo entre el sujeto y el Otro primordial. En todo caso, puede haber una asunción posterior de lo que estaba ya ahí, poco que ver con una supuesta libertad (3).

Esta clasificación identitaria, de género y de los modos de goce, abierta y -en apariencia- interminable,  contrasta con la cualidad finita de los goces pensados a partir de la constitución subjetiva y el mundo pulsional. La relación sexual que no hay es, en cada caso, una construcción/invención posible de un sujeto, que tiene un cuerpo con cierto mapa pulsional, en relación con el cuerpo de otro. La salida del narcisismo, del autoerotismo, permite investir al otro -salir del puro goce de órgano-, el fantasma dibuja un modo particular de encuentro.  No siempre hay éxito, es sutil y problemático este drama que sucede más allá de cómo cada quien se perciba o se nombre.

Estos laberintos llevaron a Lacan a construir el concepto de sexuación, como modo de acceso y ubicación en el goce sexual, de hombres y de mujeres. Se puede precisar este concepto en el Seminario XX.  Este concepto no ata, necesariamente, un modo de goce con uno u otro sexo sino que cada sujeto se colocaría de uno u otro lado, según sea su relación con el objeto (a), el goce fálico y el más allá del mismo. Es para considerar, sin embargo, la particularidad con la que se encarna en cada tipo anatómico su posición de goce en la sexuación. Este avance lacaniano respecto de los límites freudianos en relación con el tema va de la mano del “No hay relación sexual” ya que estas posiciones no son complementarias, ni se corresponden inevitablemente con el sexo biológico.

Del lado hombre, el sujeto está en directa relación con la castración. Del padre de la horda freudiano Lacan  hace una función lógica: la de la excepción que permite cerrar el conjunto; en su interior, para todos rige ese rasgo. Para ello, debe haber uno que no esté sometido al rasgo, que queda excluido Esta construcción lacaniana se desarrolla muy extensamente en el Seminario La Identificación.

Del lado femenino, la excepción no está presente y el conjunto como tal no se constituye. La relación con el falo no está ausente, pero el goce específico sería aquel más allá del falo, inespecífico, contingente, no circunscripto. Está en consonancia con: “LA mujer no existe”.   Lacan lo llama goce suplementario. Los seres que allí se ubican no hacen conjunto, están para ser considerados, en su relación con el goce, uno por uno.

Como dijimos, no todo hombre está completamente del lado masculino ni toda mujer completamente del lado femenino.  Lacan prefiere nombrarlos “hablanteseres” que no se complementan. Dice, en el Seminario XXIII, El Sinthome: “La noción de par coloreado” -se refiere al nudo borromeo- “sugiere que en el sexo no hay nada más que, diría yo, el ser del color, lo que sugiere en sí que puede haber mujer color de hombre u hombre color de mujer”. (4) ¿Será ésta, acaso, la versión lacaniana de la bisexualidad freudiana? Como tantas veces, Lacan se adelanta a su época y encuentra una pista que nos sirve para pensar hoy fenómenos clínicos que van tomando mayor consistencia. Está la estructura, con su determinación, y está la época, que ha desnudado esa condición precaria –los colores-  de la ubicación de los seres en el goce sexuado. Hoy una serie, a la que se siguen agregando términos, nombra identidades de género que se diversifican sin cesar.  A  LGTBQ  se va sumando Intersexual y Asexual y los etcétera que puedan seguir nombrándose. Sin embargo, esta variabilidad, que fácilmente ligamos a una mayor libertad, es conflictiva cuando la consideramos a partir de problemas clínicos y vemos su correspondencia con estrictas determinaciones de época que desnudan el carácter dudoso de esa libertad de elección.

Niños y adolescentes bajo fuego

Hemos visto las cuestiones de estructura de la constitución subjetiva y de la sexuación y el modo en que el sujeto está determinado, cuestiones ajenas a la biología aunque no sin una articulación con ella. Las cuestiones de época, los cambios en la subjetividades que las acompañan, también son determinaciones ineludibles que hemos considerado. Me interesa precisar cómo, en este contexto social, los niños y los adolescentes se encuentran en especial situación de vulnerabilidad respecto de los temas de género.

En otra ocasión, en el año 2015, trabajé el tema de la disforia de género en los niños en referencia al caso “Yo nena, yo princesa” (5).  Decía allí: “Así como la pacatería cerrada de la normosexualidad reproductiva, dijimos, convertía a los homosexuales en enfermos, así –pensamos-  prima hoy un criterio de apertura que, sobre todo cuando atañe a los niños, se nos presenta como muy problemático.” (…) “… se ha dejado de lado el lugar del deseo del Otro materno para legalizar a toda prisa, y en el terreno de una realidad muy literal y concreta, afirmaciones de niños sufrientes. Esta desconsideración quizás esté motivada por el entusiasmo de avalar la despatologización de las diversidades sexuales. Aunque también la festejamos, nos parece peligroso cualquier apresuramiento que promueva certezas y clausure interrogaciones allí donde el terreno es complejo e intrincado y donde el sujeto está en proceso de advenimiento y despliegue, lejos incluso de la oleada adolescente.”

(…) “Si aceptamos que el Otro tiene un papel fundamental en la erogeneización  (6), la así llamada “identidad por deseo” (Alfredo Grande, 2014), no puede pensarse por fuera del deseo del Otro. En este sentido, una consulta por un niño o a una niña que reniega con su anatomía o que la rechaza decididamente no puede excluir el trabajo con ese Otro, sobre todo si se trata de un sujeto muy pequeño. La determinación del Otro resulta, además, en un tipo de consentimiento o de rechazo del lado del sujeto. Hay Otro que apunta al infans en su ser; lo hace de modo manifiesto y lo hace de modo latente, No siempre estas versiones concuerdan y no siempre el sujeto responde del mismo modo. Esa adjudicación es previa al reconocimiento –por parte del niño- de las diferencias sexuales anatómicas. Hay una espesa trama formada por las imprescindibles determinaciones del Otro: la violencia primaria, la alienación –sin que ninguno de estos términos esté connotado peyorativamente- , las respuestas del sujeto y las retranscripciones que en él surgen a partir de su historia particular. No hay modo de pensar la vida humanizada por fuera de estos márgenes.

El sufrimiento del niño es lo único que verdaderamente puede orientarnos; pero la palabra del Otro, el peso de su gesto, el lugar que ocupa el niño en su deseo son claves. Las series complementarias implican estas cuestiones primordiales. El analista debe prepararse para dejar caer todo prejuicio, incluso el que aporta el ideal de corrección política. Al decir de Silvia Bleichmar, nuestras hipótesis de intervención en estos casos deben ser capaces de generar el menor riesgo de desestructuración psíquica, de  desubjetivación” (7).

Ya hay, al amparo de la tecnociencia con su aspiración al todo es posible, intervenciones en lo real del cuerpo de niños y adolescentes. Contamos, además, con un rasgo de peso entre las subjetividades actuales: la intolerancia a la postergación. Los niños y los padres con frecuencia se ven llevados a la acción, a la resolución rápida, con poca posibilidad de tramitar la angustia. Se practican tratamientos hormonales e incluso quirúrgicos. Al compás de estas intervenciones, se ha visto crecer, en países que las practican tempranamente, una casuística del arrepentimiento (8) que remite a los jóvenes que no pueden volver atrás y, sin embargo, lamentan los cambios que decidieron. Parece que, como mínimo,  entre un 5 y un 10% -algunos dicen un 20-  de los jóvenes trans, que han sido intervenidos, se arrepienten. Algunos han testimoniado frontalmente (9), una joven ganó un juicio en el Reino Unido contra el NHS (Sistema Nacional de Salud) con el argumento de que no tuvo esclarecimiento psicológico antes de que se le practicara tratamiento hormonal desde los 16 y una mastectomía doble a los 20 años (10); otros, al hacer público su arrepentimiento, han sufrido amenazas y agresiones de los colectivos LGTB ya que, según dicen, éstos no quieren que los resultados adversos limiten las posibilidades de las intervenciones que se solicitan (11). Éstas han aumentado drásticamente en los últimos años.

Para responder a esta ola creciente de disforia de género, en Europa, varios países cuentan incluso con legislación que permite la actuación médica, en mayores de 12 años, sin mediar siquiera el acompañamiento de los padres (12). Con la esperanza de evitar lo que consideran errores, hay legislaciones que permiten no nombrar a los niños, o nombrarlos con un apelativo neutro, hasta que ellos puedan definir a qué género quieren adscribir. La orfandad identificatoria -bajo la excusa de garantizar libertad- es, en estos casos, inevitable. Suecia, vanguardia en este sentido, ya ha retrocedido respecto de las intervenciones quirúrgicas, y no aplica esos tratamientos antes de los 18 años (13).  En Argentina se alienta el cambio de nombre y de género en los documentos de los niños sin mucha consideración al respecto. Los padres, por su lado, empujados por la moda de que todo es posible de ser elegido y de que el saber lo tiene el niño, entronizan rápidamente cualquier demanda, entre ellas la del cambio de género.  Estamos en un camino riesgoso que se agrava aún más cuando nos referimos a los púberes y adolescentes.

Sabemos, y por ello Freud la calificó como “metamorfosis”,  que la pubertad es una bisagra marcada por el impacto de una avasallante ola libidinal, cambios corporales y consecuencias psíquicas. No nos detendremos en este proceso, y solo señalaremos que la drasticidad de lo que sucede en ese momento es tan dramática como para dejar al sujeto inerme incluso ante los efectos de la forclusión, o sea que puede ser la ocasión de un desencadenamiento psicótico insospechado hasta entonces. La transformación en mujer, como resolución, tendría que tener, en ese caso,  la posibilidad de un diagnóstico diferencial sin que se interponga previamente ninguna intervención en lo real del cuerpo. Evidentemente, las demandas de ese tipo de intervenciones, que realizan algunos sujetos trans, también deberían poder escucharse sobre el fondo de estas alternativas. En este sentido, es necesario diferenciar al transgénero del transexual, aquel que demanda intervención sobre su cuerpo, tal como lo trabaja Maleval (14). Tras un pedido así, la ubicación de fenómenos elementales sería  definitoria. Para el Psicoanálisis, es impensable avalar intervenciones en lo real de los cuerpos sin antes escuchar, tanto al sujeto infantil o adolescente que demanda como a sus Otros significativos, para apuntar a las elecciones inconscientes en juego.  No siempre las intervenciones en lo real pacifican a un sujeto.

Por todo este asalto libidinal, la pubertad y la adolescencia son momentos de especial vulnerabilidad identificatoria. Las preguntas por el sexo, por la identidad, por los objetos sobre los que recaen los deseos sexuales hacen tambalear al sujeto y, muchas veces, lo hunden en angustiosas dudas respecto de su posición. La disforia de género, en esta etapa más que nunca, debería volver a considerarse ya no como disforia sino como uno de los rasgos de la adolescencia normal Sin embargo, tenemos que recordar que la confusión, la tristeza, la angustia, incluso el aburrimiento y el desgano, son todos sentimientos y posiciones que gozan de muy mala prensa. Su patologización determina la decepción en padres y en hijos ya que el rasgo social fuertemente calificado es el estar siempre bien, alegre y dispuesto.

No sorprende, entonces, que  la presión social, el empuje a probarlo todo y la suposición de poder elegir libremente, culminen muchas veces en un acting. Se trata de una salida, probar, experimentar para elegir,  muchas veces estimulada por congéneres, que complica la evolución de esta etapa. El mercado está implicado en esta cruzada por el valor/precio de la diversidad. Sabemos que su intervención siempre apunta al más, más consumo, desde luego. El mercado capitalista hace mercancía incluso de las conquistas de los grupos que se reúnen en función de los goces no cis, no binaries, no heterosexuales, como los denominan (15).

Todo empeora, sin embargo, cuando púberes y adolescentes, desbrujulados como corresponde a ese momento vital, son atraídos  por adultos, supuestos gurúes, que se autoproclaman expertos en cuestiones de género, modelos identificatorios, que les ofrecen talleres, libros, charlas y consejos en redes sociales. Incluso hay especialistas psi que se autodenominan expertos en cuestiones de género a los que se supone un saber sobre estos temas. Desde las directivas de un otro que los chicos califican a veces por este título -estimulados por el mercado y a partir del rechazo al conflicto- resulta que muchos se calzan una identidad de género que solo momentáneamente aplaca la angustia. A menudo, por el contrario, la promueve al cancelar una tramitación que habría requerido tiempo y tolerancia para desplegarse y -sobre todo- la interrogación de las demandas conscientes. Esa angustia, muy común en los grupos de adolescentes autodenominados no binaries, es incoercible y los argumentos con que la explican insisten de modo estereotipado. Es muy frecuente encontrar que desplazan un conflicto interno, que ha sido obturado por una precoz definición de género, y lo ubican en la lucha contra un sistema del que se sienten víctimas. Los grupos que se forman así, bajo la identidad de víctimas, refuerza esa pertenencia y pseudo identidad.  Entre esos chicos y jóvenes predominan los ataques de pánico, la ira ante cualquier signo que puedan interpretar como rechazo de su elección de género y los actings.  Si los lobbies de los laboratorios y las clínicas especializadas en tratamientos hormonales y cirugías de cambio de sexo intervienen, el combo puede ser irreversible.

Si nos ocupamos de estas cuestiones, si interrogamos lo que se da por sentado como progresista, es porque desde hace años venimos señalando los rasgos del capitalismo mercantil en su relación con los síntomas que ocasiona y porque, cada vez, comprobamos con más precisión que su desestimación provoca aumento del sufrimiento. Es probable que lo que trabajamos no sea visto como políticamente correcto, pero no es eso lo que le interesa al Psicoanálisis.

Notas

(1) Oleaga, María Cristina,Ellas, 2011.

(2) Oleaga, María Cristina, Duerman tranquilos, aquí no ha pasado nada, 2014.

(3) Oleaga, María Cristina, ¿Peluches o niñ@s? Una disyunción engañosa, 2015.

(4) Jacques Laca, Seminario XXIII, El Sinthome, pág.114, Paidós, Buenos Aires, 2012.

(5) Oleaga, María Cristina, Penar de más. 2015

(6) Oleaga, María Cristina, El sujeto se origina en el Otro, en Desnutrición simbólica y desamparo. 2010.

(7) Bleichmar, Silvia, Las teorías sexuales en psicoanálisis. Qué permanece de ellas en la práctica actual, pág. 27, Paidós Biblioteca de Psicología Profunda, Buenos Aires, 2014.

(8) The Trans Train

(9) La web Arrepentimiento de cambio de sexo

(10) La británica Keira Bell gana el juicio contra la clínica que la trató para su transición de mujer a hombre

(11) Así es la tormentosa vida de los transexuales arrepentidos de la operación de cambio de sexo

(12) Documento: Impacto de las prácticas médicas en los niños con diagnóstico de ·disforia de género”. Por un grupo de trabajo del Observatorio de los discursos ideológicos sobre el niño y el adolescente.

(13)  The Swedish U-Turn on Gender Transitioning for Children

(14) Maleval, Jean Claude. Del fantasma de cambio de sexo al sinthome transexual, en Coordenadas para la psicosis ordinaria, pág. 217, Grama ediciones, CABA, 2020.

(15) Dessal Gustavo, “Libertad”

Imagen:

Marcha del orgullo gay en bicicleta por la pandemia. Colonia, Alemania.

https://www.dw.com/es/marcha-del-orgullo-gay-en-colonia-en-bicicleta-por-la-pandemia/a-55235322

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