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   PUBLICACIÓN DE PSICOANÁLISIS, SOCIEDAD, SUBJETIVIDAD Y ARTE

   Laberintos, entrecruzamientos y magmas

PUBLICACIÓN DE PSICOANÁLISIS, SUBJETIVIDAD Y ARTE

Laberintos, entrecruzamientos y magmas

Sobre terapeutas y pacientes en la pandemia

Clinica

Esteban Ferrandez Miralles

Dr. en Psicología. Psicoanalista.

eferrandezm@gmail.com

RESUMEN:

El Covid 19 ha provocado una realidad emergente impensable previamente, tanto para los terapeutas como para sus pacientes, El surmenage o burn out es una respuesta sintomática que aparece de modo insidioso tanto entre los profesionales de la salud, incluidos los terapeutas, como entre los pacientes. Esta respuesta sintomática y angustiada en sus diversas modalidades es la que pretende delimitar este texto.

“Porque a la sombra del skype, hay algo del psicoanáli­sis que se pierde”.

Cristophe Dejours.[1].

Este escrito se inscribe en la estela, qué atrevimiento, del cuento de Cortázar propuesto por El psicoanalítico, La salud de los enfermos, retrato irónico  y compasivo de una familia enferma. Enferma de miedo y de suposiciones, de malentendidos y de sobrentendidos. ¿Una familia negacionista podríamos decir al hilo de los acontecimientos que vivimos? ¿Una familia temerosa? Una familia como todas las familias… quizá, como dijo Tolstoi, todas las familias felices se parecen entre si, los desgraciados lo son a su manera, la cita no es textual. ¿Cómo la pandemia del Covid -19 está modulando los modos de ser desgraciado, y en qué medida esto afecta también a los terapeutas y los analistas, a pesar del hiper-adapatacionismo de algunos?

La enfermedad de la matriarca de Cortázar, con su tensión alterada y su posible diabetes me recordó el enfermo imaginario de Molière, pero también vino a mi memoria el surmenage, aquel agotamiento nervioso de fronteras y causas imprecisas, que fue síntoma privilegiado de la época victoriana.

Freud lo menciona en el caso Dora, de hecho es lo que se le diagnostica a la joven Dora a los ocho años tras un episodio de disnea, a la vuelta de una excursión por la montaña. El  surmenage en los inicios de Freud era considerado por muchos médicos como un factor desencadenante de la neurosis y tenía dos versiones, la primera lo vinculaba al cansancio físico, como en el caso de Dora, la segunda a la fatiga intelectual, donde encontramos el terreno abonado para el funcionamiento de la represión y de la conversión. «Pero por cierto se abusa en exceso del factor del  surmenage, que tan a menudo los médicos indican a sus pacientes como la causa de su neurosis» dice Freud (1898) en La sexualidad en la etiología de las neurosis.

Con los inicios del psicoanálisis el  surmenage deja de tener el peso que tenía, sobre todo en la neurastenia, como factor determinante, para desaparecer en el entramado de las neurosis.

Herbert Freudenberger algunos años después, fue quien acuñó el término burn out, heredero natural del  surmenage. Freudenberger era psicólogo de formación analítica y origen judío askenazi; su familia -como tantas otras- huyó de los nazis para recalar en EE UU.  Allí fue reclutado por Maslow para la psicología por sus aptitudes, y este término burn out, al parecer, lo introduce para describir en un trabajo juvenil, la situación de colapso propia y de otros compañeros que trabajaban en una clínica para drogodependientes. Este colapso se debía al parecer, por un lado a las duras condiciones de trabajo, por otro a la convicción de estar afrontando una tarea imposible, y en tercer lugar por tener que afrontar una exigencia social inalcanzable, la cura del toxicómano.

En el año 2020 afrontamos uno de los mayores retos que podemos recordar, un virus que se extiende por todo el orbe sin que nada lo detenga; las medidas para frenar su avance sobrepasan toda experiencia previa, lo que obliga a los gobernantes y expertos a improvisar sobre la improvisación y así sucesivamente. Uno de los principales efectos de la pandemia es la entronización del teletrabajo, solución ad hoc para muchos de los males que socialmente se afrontan en este momento: la administración, el comercio, pero también la medicina, incluidos los servicios de salud mental y particularmente los psicólogos y los analistas, que se rinden con más o menos resistencias al encanto de la virtualidad cibernética. Pasados unos meses estamos en la posibilidad de comenzar a evaluar las consecuencias de tal operación.

Ante todo, como declara Cristophe Dejours, la conectividad telemática se ha convertido en un laboratorio experimental del neocapitalismo para ensayar nuevos modelos de ordenamiento del trabajo, generar negocios y ahorrar en costes. Dejours considera que uno de los problemas está siendo la precarización del trabajo, la desaparición del trabajo asalariado para convertirnos todos en emprendedores de utopías irrealizables. Franco Berardi (2007) ha señalado el peligro de la fractalización del trabajo, la pérdida de límites y la práctica desaparición de la vida privada en beneficio de la hiperconectividad. Algunos tienen opiniones más contundentes aún, Byun-Chul Han (2012) diagnostica que el teletrabajo se ha convertido en una especie de trabajo forzado, una especie de neo esclavitud disfrazada de emprendimiento.

Volvamos al término surmenage; disuelto entre las neurosis de angustia y las neurosis transferenciales a principios del siglo XX, reaparece en su denominación anglófona – burn out -, en los años 70, en una clínica neoyorkina de tratamiento alternativo para toxicómanos como ya hemos comentado, y  a pesar de su éxito momentáneo, véase el aluvión de trabajos al respecto, no logra acceder al frontispicio de la Psicopatología.

Años después, Christophe Dejours, especialista dedicado a los efectos nocivos del trabajo, lo recupera en un sentido diferenciado, como integración de lo físico y lo psíquico. El  surmenage en su opinión aparece en la confluencia de la sobrecarga de trabajo, el sentimiento de fracaso, y el de inutilidad del esfuerzo. Edelwich y Brodsky[1] (1980) consideran el burn-out sinónimo del  surmenage y lo entienden como un proceso de desilusión y pérdida progresiva de los ideales, de la energía y de la motivación. Todo esto obviamente ligado a las condiciones de trabajo donde se desenvuelve el sujeto. García Ferrer (2017), comentando la obra de Paul Virilio y sus tesis sobre el desfase entre la velocidad que nos impone la tecnología, y la capacidad de nuestro cerebro como receptor principal,  nos dice:

«Sin embargo, resulta innegable que el factor nervioso juega un papel crucial al respecto, en tanto que los hipertensos padecen, a menudo, el síndrome de fatiga crónica conocido como “ surmenage”, término de origen francés para designar una depresión reactiva causada por agotamiento físico o emocional”[2].

Si para García Ferrer se trata de una depresión reactiva, para Dejours es algo más complejo; Dejours, un especialista en las patologías del trabajo, quien escapa a la ortodoxia diagnóstica, lo define como un síndrome que aglutina aspectos obsesivos pero también psicosomáticos. Probablemente sea uno de estos síndromes que no tiene un sitio claro en la Psicopatología, además su clara relación con el trabajo lo convierte en sospechoso.

Es obvio mencionar que esta triple sintomatología – la sobrecarga de trabajo, el sentimiento de fracaso y el de inutilidad del esfuerzo – tiene características estrechamente ligadas al memorándum vital de muchos jóvenes trabajadores, situados en la franja entre los 30 y los 40. Se puede leer al respecto el informe publicado por el BBVA[3].

Según Dejours, aunque como sabemos el surmenage es conocido desde hace tiempo, ahora estamos observando consecuencias nuevas muy graves, que van aumentando con el tiempo, que llegan incluso al suicidio, como hemos visto en sucesivos episodios desde Francia hasta China, y no casualmente ligados a las nuevas tecnologías.

No pretendo que el denominado  surmenage o burn out, sirva para explicar todos los males que acontecen a los profesionales de la salud mental, especialmente a los terapeutas, pero considero que la terapia a distancia, con sus efectos de sustracción del cuerpo y de la vitalidad, es la responsable de algunos de los males que aquejan a muchos profesionales de la ayuda.

Muchos terapeutas se han lanzado al vértigo de lo telemático con gran alegría, con entusiasmo, trabajan, participan de reuniones, asisten a seminarios y conferencias, aislados frente a su pantalla que los conecta al mundo y los separa de sí mismos, alguien me hizo esta afirmación que recojo por su sencillez y su profundidad.

Como explica Dejours, el teletrabajo se imponía para los terapeutas de tal modo que había que hacer de la necesidad virtud, pero no podemos ignorar el precio que se paga por la virtualidad, la pérdida del cuerpo y especialmente la merma de intimidad. Es cierto que permite acceso a la comunicación en circunstancias que -si no- a veces la harían imposible, que acerca a personas que están muy lejanas, como nos cuenta  por ejemplo Irvin Yalom, en una entrevista realizada hace algún tiempo, al principio muy desconfiado de ese medio.

Siendo coherente con la propuesta freudiana, cada vez más evidente para gran parte de la comunidad analítica, de la implicación subjetiva del terapeuta en el proceso analítico, de su participación más allá de su control consciente, creo cada vez más difícil diferenciar de modo cualitativo el malestar de los pacientes del malestar de los terapeutas, ¿Son diferentes los temores de los terapeutas, de aquellos de los pacientes? ¿La incertidumbre que genera el futuro, no nos atraviesa por igual?

Es del todo evidente la fatiga, el agotamiento de muchos sectores de la población, no sólo el de los sanitarios, probablemente las razones sean múltiples, pero como dice Dejours: “Finalmente, realizar psicoanálisis a través de Skype tal vez sea aún hacer realmente psicoanálisis, pero es fundamentalmente consentir a una degradación de la práctica analítica”.[4]

Si pienso en mis pacientes, a propósito de la realidad y las consecuencias de la pandemia, me parece que su reacción, al menos en estos momentos, tras un año y medio casi de recorrido, no está siendo tan saludable como al principio muchos afirmaron. El esfuerzo inicial del confinamiento, con la drástica reducción de la vida al espacio de la propia vivienda, marcado por el avance implacable de los contagios, con los temores de que fuera a ser una enfermedad letal para la humanidad para la que no había defensa posible, convocó los mejores y los peores sentimientos del repertorio humano.

Desde los aplausos a los sanitarios anónimos en los balcones cada tarde, mientras mirabas emocionado a un vecindario que en gran parte no conocías – la ciudad que encapsula a miles de ciudadanos en burbujas -, pasando por las peores muestras de egoísmo, incluso por el odio desatado a todo aquel que se manifestase de modo discordante, hasta las propias ideas transformadas -por su fragilidad- en principios inalterables a seguir, en dogmas de fe. Los mecanismos defensa proyectivos cotizaron y cotizan al alza en la bolsa de la Psicopatología

La respuesta ha sido, y está siendo, desde mi punto de vista, acorde probablemente a los modos de ser previos.

No observo reacciones ventajosas de los pacientes, a pesar del mensaje repetido de la mayor facilidad de adaptación de aquellas personas que ya previamente habían renunciado al contacto social frecuente. Quizá más bien todo lo contrario, mayor aislamiento en muchos de ellos, difícilmente analizables en muchas de sus ansiedades pues reman a favor de corriente. Ansiedades disparadas, difícilmente reductibles por estar estrechamente intrincadas con la sensación de peligro y de incertidumbre.

Es no obstante cierto, que en algunos casos la capacidad de adaptación ha sido notable, al poder asumir las autocríticas junto a las críticas ajenas en un proceso de reflexión saludable. La confianza en las propias capacidades para afrontar los momentos, junto con las preocupaciones de carácter más infantil ante la adversidad. En jerga freudiana clásica hablaríamos del florecimiento de las tendencias al manejo oral y anal de la realidad.

En general, me parece que ha habido un temor mucho más acusado debido al empeoramiento general tanto de la economía como de nuestra salud, ni qué decir que también la del planeta: las prevenciones sobre el consumo de energías fósiles, el cuidado del medio ambiente, la agenda climática han pasado a un segundo plano en los círculos de poder.

Pienso que hay muchos aspectos del miedo, los más irracionales, que se guardan en la intimidad más absoluta, como si fuesen un trauma inconfesable. De igual modo, creo que aumenta el grado de autismo social, el auge de las estrategias narcisistas de salvación, el individualismo a ultranza. Aunque también surgen iniciativas solidarias en las circunstancias difíciles. Iniciativas de todo tipo de ayuda, tanto de instituciones privadas como de organismos oficiales, en muchas de ellas se mezcla la solidaridad con la promoción y la búsqueda de mercado para el futuro post-pandémico, pero de la ambivalencia constituyente ya nos enseñó Freud los fundamentos.

Me interesa pensar acerca de lo siguiente: desde dónde le hablamos a los pacientes, nosotros terapeutas que estamos, más que nunca, inmersos en la misma interacción social, con idénticos y parecidos temores sobre nuestra salud – el temor al contagio y sus consecuencias, o la negación cuasi psicótica del mismo-, sobre nuestra economía – el famoso lucro cesante de todos aquellos practicantes de la actividad privada-, la necesidad de un horizonte vital del que carecemos todos o casi todos, lo que hace en muchos casos vivir en un día a día sin futuro. La necesidad de un sostén fraterno, amistoso, de tus iguales, es algo que venimos padeciendo en mayor o menor grado todos, la desaparición de los lugares de referencia habituales se ve contrarrestada – no sé con cuánto éxito-, por multitud de actividades telemáticas, desde las macroconferencias hasta las comidas compartidas todas intentan paliar algo difícilmente subsanable: la proximidad del otro; pero ¿por qué no llega? … no creo que sea tanto por el carácter tecnológico y sus dificultades, sino porque la experiencia de intimidad  a través de la pantalla y el altavoz son prácticamente imposibles.

Por supuesto que encontramos colegas instalados en la asimetría, y en función analítica 24/7,  lo cual no deja de ser un modo de defensa que anula las vivencias de inquietud, incertidumbre o desamparo que cada uno pueda asumir en su interior. Son los otros los que sufren, yo estoy protegido por… y ahí podemos elegir motivos religiosos, científicos u otros. La tentación de la omnipotencia me ha parecido más señalada en estos tiempos, en profesionales sanitarios de distinta especialidad, desde intensivistas a psicoterapeutas. Todos ellos se sentían, o aparecían como invulnerables tanto frente a la posibilidad de contagio del virus como de los efectos sociales y emocionales aparejados. En todos los casos, me ha parecido una postura defensiva y en ese sentido, comprensible. Ninguno está libre.

También cabe, cómo no, el exceso de normalidad, la normopatía al límite, la disolución en el terror sin ningún tipo de protección…

Veamos ahora, varias reacciones más o menos prototípicas de algunos pacientes, las que me han llamado especialmente la atención:

La reacción de duda y desconfianza generalizada de mi paciente Adrián[5], que procura no salir de casa más que lo imprescindible, desinfectando metódicamente todo cuando llega o vuelve de la calle, incluyendo su propia vestimenta. Lleva un extremo cuidado en su trabajo, rayano en la neurosis obsesiva, en este caso revestida de adaptación, de medidas cautelares adecuadas a una situación extrema, con carácter altamente egosintónico, con las que el sujeto está totalmente identificado, por lo que no son cuestionables por el terapeuta. Es importante resaltar los aspectos previos del paciente, cuyo modo de tramitar la ansiedad pasaba por el manejo fóbico ansioso, centrado en la conducción, y en una resignación vital integra ante las adversidades.

El manejo fóbico de la situación por parte de Adrián se puede comprender mejor a partir de algunos datos de su biografía: huérfano de padre desde muy pequeño, la paternidad supuso una aventura muy ansiógena. Una enfermedad grave en la infancia de uno de sus niños marcó el distanciamiento doloroso de su familia de origen, ante la falta de apoyo sentida por el paciente.

Adrián es un hombre inteligente, sencillo y entregado a su familia, pero el resto del mundo se convierte para él en un lugar complejo, extraño, a menudo peligroso, poco fiable, y del que poco cabe esperar; su historia se lo ha confirmado.

La posición que adopta Iván, indignado con los gobernantes a los que acusa de todos sus males, es la de repetir una y otra vez su queja sobre el abandono de los trabajadores, que parece repetir un abandono de los padres sobre los hijos. No me había dado cuenta hasta ponerme delante del ordenador.  Su queja  tiene un carácter egodistónico que la convierte en inamovible, lo cual hace que la posición del paciente sea muy rígida. Ahora bien, en realidad se trata de una reacción defensiva muy fuerte ante la angustia en la que vive. Iván deja los niños en el colegio y se dirige a su trabajo, abre la puerta de su pequeña empresa y espera a los clientes; unos días van y otros no va nadie, son muchas horas solo. Esa soledad va acompañada de fuertes rumiaciones sobre el futuro, así incorpora un monto de angustia importante. El paciente comenzó su tratamiento precisamente  a partir de la aparición de un síntoma ansioso in crescendo, que se multiplicaba en las situaciones, y en intensidad en el trato con sus iguales.

La fragilidad identitaria de Iván le lleva a una defensa basada en mecanismos de polarización, disociación o escisión: todo lo que ocurre es por culpa de los que mandan, presidentes, ministros, pero principalmente de aquellos que defienden una ideología diferente a la suya, a los cuales invoca continuamente en sesión de un modo que produce impotencia en quien escucha; no hay apelativos, no hay posibilidad de diálogo o de reflexión, la queja es amarga e insondable. De fondo, lo que late es el desamparo de un ideal paterno que se ha desinflado poco a poco, sin reemplazo posible, y escasas posibilidades  del sujeto para hacerse cargo de su orfandad simbólica. Cabe una lectura en términos edípicos: el padre acecha su fracaso vengativo ante el hijo rebelde, que además cuenta con las bendiciones maternas. Sin embargo, me parece que reducirnos a una escucha edípica nos deja con pocas posibilidades. Por encima de esa dimensión me parece que hay elementos más primarios. El paciente al abandonar el negocio paterno, también abandona los blasones de la masculinidad familiar, cae en una apatía y un abandono físico que le lleva a una crisis de pareja…

 

Vanesa ama su trabajo, éste le da una identidad y un status en la familia. Ella es profesora de enseñanzas medias, le gusta enseñar, le gusta dar clases, ha peleado mucho por hacerse un lugar, por ser respetada y reconocida. Sin embargo, tras la aparición de la pandemia y las consecuencias que tiene sobre el desempeño de su trabajo, sufre una gran desmotivación, con mucha angustia, sentimientos de confusión y se le hace imposible ir al trabajo y cumplir todas las premisas que la institución exige para impartir las clases presenciales. Se pide unos días de baja por primera vez desde que comenzó a trabajar. Evidentemente, en el colapso de Vanesa influyen otras razones, pero el determinante sin duda toma forma a partir de la exigencia institucional de vigilar por el cumplimiento de una serie de normas para intentar frenar el contagio. La forma que toma es no poder cumplir las exigencias del otro, algo que sin duda resuena en su biografía.  La duda sobre su identidad, sobre su valía, estar a la altura, ser deseable, son motivos de largo desarrollo en su sintomatología. Ahora se ven azuzados por la circunstancia del aumento de la presión social e institucional, que se confrontan con su sentido de la autopreservación.

 

Miguel me relata todo lo que lleva corrido por la vida, ¡como para que le traten de engañar! Aunque no ha tenido estudios, trabajó desde muy pequeño, sin embargo, lleva corrido más que 20 titulados. Aun así le suelen engañar a veces, pero con esto del virus no le engañan. ¿Cómo saben que es el virus y no otra cosa de lo que la gente muere? ¿Acaso les hacen autopsias para saberlo? La gente muere de infartos, de problemas pulmonares, de muchas cosas. A él no le engañan, todo es una gran mentira.  Él se pone la mascarilla, eso sí, porque más vale prevenir que curar, como el gel hidroalcohólico, pero en cuanto puede se la quita porque le asfixia, le molesta muchísimo, le agobia…

Miguel es un hombre hecho a sí mismo, con aristas duras, fruto de una vida complicada; su reacción ante la pandemia viene marcada, como para el resto de las personas, por su estilo de vida, su biografía y sus modos de relacionarse. Siempre en el entorno de los poderosos y casi siempre maltratado por ellos, así es como describe Miguel su vida. Para él esta es otra más de las andanadas que le manda la vida y con la que tiene que pelear, pero él ya lleva mucho corrido… Sueña con dar un día un pelotazo que lo convierta en millonario, aunque él se basta con poco, prácticamente no necesita nada, sin embargo los bancos le acosan con las deudas contraídas para mantener el negocio a flote en los años malos. ¿Una mala gestión? ¿El destino inefable? Mientras, se levanta cada día al alba y trabaja sin descanso esperando ese momento en el que todo cambie de modo milagroso.

Adrián, Iván, Vanesa, Miguel, personajes del mundo que nos ha tocado vivir; sus mecanismos de defensa son diversos, su estilo de relación, su manera de afrontar la crisis de la pandemia, sus miedos.. Unos negando la mayor, otros aterrorizados, otros reclamando al padre de la horda en su infinito poder, todos buscando respuestas pero a veces con miedo a encontrarlas.

No hay cierre, no hay conclusiones, no hay moraleja, hay el seguir intentando acompañar a otros que comparten sus temores con nosotros y nos interpelan a propósito de los mismos.

¿Sabremos, atravesados por esos temores propios, qué responderles en el momento adecuado?

NOTAS.

[1]. Dejours, Cristophe. La pandemia y la crisis en el trabajo en Vanier, A. Contigo a la distancia. https://www.topia.com.ar/sites/default/files/contigo a la distancia.

[2]. García Ferrer, Borja. La “dromocracia” o el régimen de la velocidad absoluta (Paul Virilio). Un diagnóstico de sus derivaciones mórbidas en la existencia. Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 19, nº 38. Segundo semestre de 2017.

[3]. https://www.bbva.com/es/trailing-millennials-generacion-pro-pc/

[4]. Dejours, Cristophe. La pandemia y la crisis en el trabajo en Vanier, A. Contigo a la distancia. https://www.topia.com.ar/sites/default/files/contigo a la distancia

[5]. Nombre ficticio, como el resto de pacientes mencionados.

 

Bibliografía

Dejours, Cristophe.( 2021 ) La pandemia y la crisis en el trabajo en Vanier, A. Contigo a la distancia. https://www.topia.com.ar/sites/default/files/contigo_a_la_distancia_ebook.pdf .

Berardi, Franco. ( 2007). Generación post-alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo. Ediciones Tinta Limón. Buenos Aires.

Byun-Chul Han ( 2012) La sociedad del cansancio. Editorial Herder. Barcelona,.

Edelwich, J. y Brodsky, A. ( 1980). Burn out. Stages of disillusionment in the helping professions. https://archive.org/details/burnoutstagesofd00edel.

Freud, Sigmund ( 1898). La sexualidad en la etiología de las neurosis en Obras Completas, Amorrortu Ediciones. Buenos Aires.

García Ferrer, Borja. (2016) La “dromocracia” o el régimen de la velocidad absoluta (Paul Virilio). Un diagnóstico de sus derivaciones mórbidas en la existencia. http://institucional.us.es/revistas/Araucaria/A%C3%B1o%2019%20N%C2%BA%2038%202017/1.Secci%C3%B3n%20I.%20Las%20ideas.%20Su%20pol%C3%ADtica%20y%20su%20historia/3.%20Garc%C3%ADa%20Ferrer.pdf

Imagen:

https://www.nationalgeographic.es/historia/2020/03/por-que-usaban-medicos-peste-negra-mascaras-picudas

Por Esteban Ferrandez Miralles
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